jueves, 10 de septiembre de 2009

El Escorial (La magia de un lugar)

EL ESCORIAL

(La Magia de un lugar)

Ed. Creación 2009.

Siguiendo la senda marcada por los maestros Unamuno, Ortega o Abellán, entre otros, me introduzco, en una serie de reflexiones sobre unas tierras y unas gentes, con las que mi vida ha ido poco a poco configurándose. Reflexiones henchidas de emociones y pasiones, de agradecimientos y, sobre todo, de amor.
No sé si este amor mío es el “amor intellectualis” que colmó la intensa vida del filósofo Baruch Spinoza, o un “ensayo de amor intelectual” que diría más tarde Ortega, en sus Meditaciones del Quijote.

El más bello y valioso documento histórico está en la capacidad de cada uno para verlo, sentirlo y amarlo.
Fruto ya maduro de esta esencia realizada a golpe de yunque y martillo, van brotando a borbotones, desde lo más profundo que hay en mí, estas reflexiones sentimentales, que solo quieren ser eso, puras meditaciones que la historia y la geografía escurialenses han ido introduciendo en mí, y han alimentado mi alma, hasta formar con ella una sola carne, un mismo espíritu.
Como intrépido español, vine a descubrir nuevas tierras, y fueron ellas las que me descubrieron a mí, y en ellas fui encontrándome a mí mismo. Los paseos matinales de los domingos para saludar al nuevo sol y al nuevo día, a través del Monte Abantos, de Las Machotas, de San Benito, del Malagón. Las acampadas en el bosque de La Herrería. Las subidas al pétreo mirador de la Silla de Felipe II, etc., etc. ¡Qué decir de Las Casitas, las del Príncipe y la del Infante. Vecino de la Casita del Príncipe, sus jardines han sido dueños de mis sueños, de mis lágrimas y alegrías. Los árboles han sido testigos no mudos de mis sueños e ilusiones, al tiempo que alentaban y reconfortaban mi caminar, y el Real Monasterio, dentro del cual comencé mi vida escurialense.
Lugar, donde caminan historia y naturaleza en mágica compenetración, donde escuchas latir corazones de otras vidas. Parece que elegí el mejor lugar.
“Que sea sano está claro, porque es lugar frío, y seco y en peña, y según la filosofía natural, toda corrupción se hace por caliente, venciendo el húmedo, y aquí no hay húmedo superabundante que venza al calor para poder causar corrupción”. J. A. Almela, médico que vino al Escorial.
Sierra de Guadarrama, íntimamente fecundada por nuestra tradición cultural y artística; tú henchiste a poetas, artistas y pensadores. De ti se nutrieron El Arcipreste de Hita, el Marqués de Santillana; La edad de oro y de plata de nuestra cultura: Lope de vega, Quevedo, Góngora, Jovellanos, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, los poetas del 98, Ortega, la generación del 27, Panero, Rosales, García Nieto, José Luís Abellán, Velázquez o Sorolla. Teófilo Gautier, Alejandro Dumas o E. Hemingway. Todos ellos han dejado su huella en la luz con la que brillas. Ellos han dado su voz a tu silencio.
El Escorial, como una de las partes más hermosas de la Sierra madrileña, lugar paradisíaco, como lo nombra José Luís Abellán, me llevó a sus entrañas, como muchos siglos antes había llevado al rey Don Felipe II a elegirlo para la construcción de su real casa.
Fray Juan de San Jerónimo cuenta que aquella comisión estuvo formada por: “Hombres sabios, filósofos y arquitectos y canteros experimentados en el arte de edificar para examinar en el dicho sitio la sanidad, abundancia de aguas y aires, y las partes naturales del sitio conforme a la doctrina de Vitrubio”.
Esa gran piedra hizo vibrar el paisaje, afirma Abascal, capaz de transfigurar el entorno con su sola presencia. Si una idea se había hecho granito, el granito se convirtió, a su vez, en idea, sentimiento, carne.

José María Calvo

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