lunes, 28 de febrero de 2011

PALABRAS

Palabras, palabras habladas y escritas. Leer, decir. Las palabras dicen. ¿O dicen más los silencios? ¿Son palabras los silencios? ¿Existen palabras mudas?

Libros para disfrutar; imaginación para desbordar.
Palabras en mi interior, alimento del alma. Corazón tinglado de mensajes de intimidad.
Palabras mías y tuyas. Ideas que producen palabras. Palabras recién nacidas y ya preñadas de impensados sentidos.

Palabras que hacen daño. Palabras que hieren, palabras que matan; palabras que unen, palabras que aman, verdad dentro de una palabra.

Palabras que dirigen gestos, que abren brazos y manos en un abrazo total. Palabra, armonía global.
José Mª Calvo

¿Es Bueno ser Bueno?

Traigo hoy aquí este texto de F. Pessoa. No sé si estáis de acuerdo con esta moral. Os invito a un diálogo. Mi moral la vais viendo en cada artículo.

“Así como, lo sepamos o no, todos tenemos una metafísica, así también, lo queramos o no, todos tenemos una moral. Tengo una moral muy sencilla: no hacer a nadie ni mal ni bien. No hacer a nadie mal, porque no sólo reconozco en los demás el mismo derecho, que creo que me corresponde, de que no me molesten, sino porque me parece que los males naturales bastan para el mal que tenga que haber en el mundo. Vivimos todos, en este mundo, a bordo de un navío zarpado de un puerto que desconocemos hacia un puerto que ignoramos; debemos tener unos para con los otros una amabilidad de viaje. No hacer bien, porque no sé lo que es el bien, ni si lo hago cuando me parece que lo hago. ¿Sé yo qué males causo si doy limosna? ¿Sé yo qué males causo si educo o instruyo? En la duda, me abstengo. Y me parece, además, que auxiliar o ilustrar es, en cierto modo, hacer el mal de intervenir en la vida ajena. La bondad es un capricho temperamental: no tenemos derecho a hacer a los demás víctimas de nuestros caprichos, aunque sean de humanidad o de ternura. Los beneficios son cosas que se infligen; por eso abomino fríamente de ellos.

Si no hago el bien, por moral, tampoco exijo que me lo hagan. Si me pongo enfermo, lo que más me pesa es que obligo a alguien a cuidarme, cosa que me repugnaría hacer a otro. Siempre que, habiéndome puesto enfermo, me han visitado, he sufrido cada visita como una molestia, un insulto, una violación injustificada de mi intimidad decisiva. No me gusta que me den cosas; parecen, con ello, obligarme a que también las dé: a los mismos o a los otros, sea a quien fuere.

Soy altamente sociable de un modo altamente negativo. Soy la inofensividad encarnada. Pero no soy más que eso, no quiero ser más que eso, no puedo ser más que eso. Tengo para con todo cuanto existe una ternura visual, un cariño de la inteligencia –nada en el corazón. No tengo fe en nada, esperanza de nada, caridad para nada. Abomino con náusea y pasmo de los sinceros de todas las sinceridades y de los místicos de todos los misticismos o, antes y mejor, de todas las sinceridades de todos los sinceros y de los misticismos de todos los místicos. Esa náusea es casi física cuando esos misticismos son activos, cuando pretenden convencer a la inteligencia ajena, o mover a la voluntad ajena, encontrar la verdad o reformar el mundo.

Me considero feliz por no tener ya parientes. No me veo así en la obligación, que inevitablemente me pesaría, de tener que amar a alguien. No tengo añoranzas sino literariamente. Recuerdo mi infancia con lágrimas, pero con lágrimas rítmicas, en las que ya se prepara la prosa. La recuerdo como algo exterior y a través de cosas exteriores; recuerdo sólo las cosas exteriores. No es el sosiego de las veladas de provincia el que me enternece por la infancia que viví en ellas, es la disposición de la mesa del té, son los bultos de los muebles por la casa, son las caras y los gestos físicos de las personas. Es de cuadros de lo que tengo nostalgia. Por eso tanto me enternece mi infancia como la de otro: son ambas, en el pasado que no sé el que es, fenómenos puramente visuales que siento con la atención literaria. Me enternezco, sí, pero no es porque recuerdo, sino porque veo.

Nunca he amado a nadie. Lo más que he amado son sensaciones mías –estados de visualidad consciente, impresiones de audición despierta, perfumes que son una manera de que hable conmigo la humildad del mundo exterior, me diga cosas del pasado (tan fácil de recordar con los olores)- es decir, de darme más realidad, más emoción, que el simple pan cociéndose allá dentro de la panadería honda, como aquella tarde lejana en que venía del entierro de mi tío, que me había amado tanto, y que había en mí vagamente la ternura de un alivio, no sé bien de qué.

Es ésta mi vida moral, o mi metafísica, o yo. Transeúnte de todo –hasta de mi propia alma–, no pertenezco a nada, no deseo nada, no soy nada: centro abstracto de sensaciones impersonales, espejo caído sintiente vuelto hacia la variedad del mundo. Con esto, no sé si soy feliz o desgraciado, ni me importa.”

F. Pessoa, Libro del desasosiego, Seix Barral, Barcelona, 1984

martes, 8 de febrero de 2011

Recordando a Matthew Lipman

Eran los años ochenta y yo buscaba caminos, senderos, luces o sombras. No lo sé. Deambulaba errante por las aulas repitiendo lo que me habían enseñado como alumno.
Yo era profesor de filosofía, y sentía una gran insatisfacción con lo que sucedía en el aula. Los resultados que observaba a mi alrededor eran sobre todo fracasos, suspensos, incomprensión de la filosofía cuando no odio a la misma y al propio profesor. Pensaba que mis alumnos eran unos irresponsables, y que tenía que hacer algo.
Como psicólogo traté de poner en práctica el “cómo modificar la conducta en los niños”, pero no lo conseguí. Después me di cuenta que no podría, ni debía intentarlo. ¿Quién era yo para meterme en el comportamiento de otros? Seguramente el que estaba equivocado y el que tendría que cambiar sería yo.
Esta era mi noche oscura. Y entonces apareció él y vi una luz. V Congreso de Filosofía y juventud. Le acompañaba su voz en español, el inseparable Eugenio Echeverría.
Escuché su inesperada ponencia y mis ojos ciegos comenzaron a ver. Entusiasmado por lo que acababa de escuchar, no daba crédito a mis oídos cuando surgió la voz de un “compañero”: ¿Podemos dejar ya la filosofía, los niños y estas zarandajas y comenzar a hablar en serio? Y como había que hablar muy en serio nos callamos, pero continuamos el taller de filosofía para niños.
Con unos compañeros de taller extraordinarios comenzamos la nueva aventura de la unión entre filosofía, educación y niños.
El niño, la persona como sujeto activo de su propia educación. Y aprendí a practicar el respeto, aunque íbamos aprendiendo el sentido del respeto cada día dentro de la comunidad. Y surgió la comunidad de investigación en el aula, y el diálogo como guía. La filosofía no era el fin del aprendizaje, sino un medio para el desarrollo de la persona.
Fui tan afortunado que Matthew y Ann Margaret Sharp me invitaron a hacer el Master en “Fine Arts”, traducido en FpN, “Aprender a pensar por sí mismo”. Y me fui a USA, a la universidad de Montclair.
El año y pico que pasé en Montclair nunca se borrará de mi mente y de mi corazón. Todavía conservo fotografías y escritos. Pero sobre todo conservo los recuerdos de todos los compañeros y sobre todo de las dos personas que más han influido en toda mi vida, y ya soy mayor. Ya habréis visto algunas fotografías que han salido en facebook. Iré añadiendo algunas más.
Quiero proclamar junto a otros compañeros, que soy otro enano subido a hombros de gigantes para poder ver más lejos. El mayor de todos Matthew Lipman, así, a secas. No quiero ponerle más epítetos.
No sé si he llegado a ver muy lejos, pero si no ha sido así, se debe a mi propia miopía.
No es el momento de hablar hoy del programa, pero no puedo callar el sentido de una educación en valores: en y para la democracia, en y para el diálogo, la tolerancia, la libertad, el respeto, la paz.
Y aprendí a aprender durante toda mi vida, a darme cuenta de que solo sé que no sé nada, a no tener respuestas, a preguntar y a preguntarme, a buscar para descubrir y ayudar a construir. Me habéis ayudado a descubrir tantas cosas que sería imposible escribirlas aquí. Sobre todo a ser feliz dentro del aula.
Mi vida cambió radicalmente, creo que para bien. Y se lo debo, sobre todo a dos personas, a dos gigantes de la pedagogía y de la filosofía. Gracias Mat, gracias Ann. Sé que seguís ahí, os siento, os sentimos. Permaneceréis para siempre conmigo.

José María Calvo

sábado, 5 de febrero de 2011

Nostalgias

¿Sentimientos, nostalgias?

Cuando yo era pequeño, solía cantar muñeiras y otros cantos en gallego. Recuerdo, por ejemplo, “una noite en un moiño”, y otras. Me hacía gracia, me divertía, me gustaba, y sentía cierto orgullo de poder hacerlo, y de que existiera esta lengua diferente de la mía, pero tan cercana, el gallego.
También conocí y me gustaba decir palabras en vascuence, como se llamaba otra de nuestras lenguas, hoy diría euskera, así como en catalán, con mis amigos y compañeros. Me sentía bien, muy a gusto compartiendo lenguas diferentes.
Más tarde las cosas cambiaron. Algunas personas se apropiaron de estas lenguas y me dejaron claro que eran suyas, sus lenguas, y no de toda la humanidad. Que no eran mías tampoco, y que por lo tanto, yo no podía usarlas así sin más.
Me sentí mal. Ya no podía seguir cantando muñeiras, ni jugar a adivinar lo que significaban algunas palabras en euskera.
Aparte de los libros, también traían al pueblo estas palabras personas que habían tenido que emigrar a las tierras vascas. Nos sentíamos iguales y convivíamos en armonía y alegría. Hoy algunas de esas mismas personas ya me consideran diferente, y parece que me miran por encima del hombro.
Estas personas que se apropiaron las lenguas, comenzaron a rechazarme a mí y a mi lengua, y también llegaron a insultarme y a menospreciarme. Algunos incluso a querer matarme.
Parece que querían vengarse de algo que yo o los que ellos llaman “los míos”, pudiéramos haberles hecho. Con esa clase de personas, yo tampoco me identifico, y siento dentro de mí que no quiero pertenecer a la misma humanidad que ellos.
Mi tristeza continúa aún hoy. Yo no sé qué he podido hacerles, pero me gustaría que nos perdonáramos y pudiéramos convivir en paz. Quiero, tengo necesidad de sentir placer de nuevo cantando muñeiras. Que nadie me quite este derecho, que no me digan que no puedo cantarlas, porque no son mías, que las muñeiras le pertenecen, y que no son ni serán nunca más mías también.
También espero poder bailar la sardana, sin que nadie se la haga propia y exclusiva, e incluso con esa jota tan alegre, que en más de una ocasión ha hecho resbalar lágrimas de emoción y de felicidad por mi cara, como es la jota aragonesa.
Hasta aquí han llegado mis sentimientos; unos sentimientos que han brotado espontáneamente de algún lugar profundo de mi ser. Pero no querría quedarme aquí, en esta situación de pena y melancolía, por no decir de otras cosas.
Mi inteligencia, aunque pobre, quiere ir más allá de estos sentimientos espontáneos, y me empuja a continuar caminando, en hacer más caminos, nuevos caminos de encuentro y no en contribuir a su destrucción.
Quiero sobreponerme a estos sentimientos que, por otra parte, no me hacen feliz, y emplear mi inteligencia para allanar estos caminos medio destruidos, para que todos volvamos a encontrarnos, a ayudarnos y a construir una convivencia universal con todas las personas y demás seres del universo.
También ha llamado mi atención, y con tristeza, otras dos cosas, entre tantas. Una es que las comunidades celebran sus fiestas recordando una guerra, una derrota, y con ánimo de revancha y reivindicaciones a otros. No sé por qué todos los pueblos no celebran las invasiones de otros pueblos, persas, romanos, godos, árabes, etc. etc. Algunos siguen celebrando la invasión de los franceses.
Exigimos siempre a los otros y no a nosotros mismos. Todo esto parece orquestado por quienes intereses creados en ello. Luego piden a nuestros niños y a nuestros jóvenes que valoren el esfuerzo y que se exijan a sí mismos. Parece una burda contradicción.
Y la segunda cosa que tristemente ha llamado mi atención es la letra de algunos himnos nacionales, que invitan a las armas, a la guerra, a la violencia, al odio, etc.
Y luego hablamos de pacifismo y concordia.
Espero que estos pensamientos ayuden a mejorar este mundo nuestro y nuestra convivencia en paz.
Ahora me siento mejor.